TRADICIÓN DE LA ÉTICA

 

Tradición de la Ética

 

Plantearse una aproximación al conocimiento de la tradición ética es una labor difícil, ya que implica por lo menos identificar las características que diferencian a un periodo histórico de otro. En el presente esbozo pretendo dar a conocer algunos rasgos generales de las posturas éticas que más influyeron en la conformación del pensamiento actual, sin ser exhaustivo en la dimensión cronológica. La selección de los periodos históricos obedece a la manera más o menos tradicional que han seguido los historiadores para dar a conocer el desarrollo del pensamiento occidental. Por tal razón se retoma la importancia del pensamiento ético de la Antigua Grecia, la influencia de la religión durante la Edad Media, la trascendencia del pensamiento ilustrado del siglo XVIII y las implicaciones generales sobre cómo llega hasta nuestros días la concepción de la ética.  

 La tradición de la Ética[1] en la antigua Grecia se puede dividir en dos periodos básicos, el primero definido por la influencia de Sócrates y Aristóteles y el segundo donde sobresalen las ideas de los estoicos y los cínicos. Bajo esta premisa encontramos que los primeros indicios del concepto nos conducen a identificar que existía una relativa claridad sobre su función específica, de ahí que autores como Martínez (1998) sostengan que el concepto se relacionaba comúnmente con el bien, la virtud y la vida en comunidad. Aunque los primeros indicios de estudios sobre la Ética se encuentran en Pitágoras y Heráclito, el primero se esforzó en vincular las virtudes que emanan de la Ética con los productos numéricos, estableciendo con ello una jerarquización de los valores deseables. Heráclito, por su parte, planteó que las leyes morales no dependían de las personas sino de la Naturaleza, por lo que la virtud máxima se encontraba en el conocimiento de los fenómenos naturales. 

Sócrates, quien trató con más profundidad el tema, fundamenta la Ética en la virtud (αρετη), pero entendida ésta como el conocimiento. Creía que la maldad era sinónimo de ignorancia y la virtud sinónimo de sabiduría. Para Sócrates, la virtud, la justicia y el bien tienen un sentido universal; la virtud no es algo externo, social, sino interno. Por tanto el bien moral proviene de la conciencia interior por la vía del conocimiento. En síntesis, un sujeto que actúa con justicia y practica el bien pondrá en unidad y armonía sus intereses y aspiraciones particulares con los intereses más universales de su sociedad; en este sentido, el bien moral universal es ley y es lo verdadero al que aspiran las y los seres humanos (Picardo y Escobar, 2002, pp. 17-18). El fundamento de Sócrates resulta auténtico, ya que identifica a la virtud como un esfuerzo interno de los seres humanos que se consolida cuando las aspiraciones de los individuos consideran intereses de los demás.

La aportación de Sócrates al pensamiento ético es sobresaliente en tanto que señala el potencial que tiene cada persona de ejercer un dominio sobre sus pasiones y deseos, y lo describe como la única virtud trascendente o virtud formal de la humildad. Sin embargo, la limitante del pensamiento socrático radica en entender que conocer la virtud implicaba ser virtuoso, ya que su justificación era: si la gente hace mal, es porque no sabe lo que hace.

Aristóteles parte de una crítica al pensamiento de Sócrates por proveer a la Ética de un sentido intelectual, pues considera que además de conocer la virtud, se requiere de la voluntad para ser buenos. Es posible comprender esta diferencia de criterios a través del verso de Ovidio video meliora proboque, deteriora sequor, -veo lo mejor y lo apruebo, pero hago lo peor-   que, de acuerdo con Méndez,  “describe de modo bien preciso cuál es la situación del humilde pero no constante, del que deja de hacer el bien por falta de decisión o de empeño en la vida práctica, a pesar de que, teóricamente o en el plano del mero conocimiento, sea plenamente consciente de que hace el mal. La enorme bondad natural de Sócrates le impedía comprender que pudieran existir en el mundo personas como Ovidio” (p.3). Esta observación sitúa a la virtud en el plano del compromiso de las personas y no sólo en el plano del conocimiento o de las definiciones de ésta.

La visión de Aristóteles, le permitió desarrollar un estudio de la Ética en el ámbito de las virtudes entendidas como arethé, o el compromiso de los papeles sociales hacia las prácticas de la excelencia. Es decir que, para Aristóteles, basar el criterio ético en las virtudes implicaba subrayar la importancia del desarrollo de buenos hábitos de carácter, sustentado éste en el eudaimonismo o teoría de las virtudes, que indicaba, de manera general, el proceso de esforzarse para alcanzar la perfección.

 Tanto la virtud centrada en el conocimiento de Sócrates como la que destacaba el compromiso social de Aristóteles se comprendían a través de la sofrosýne, que designaba un tipo de autocontrol[2] socialmente entendido dentro del contexto de la antigua Grecia. Cabe decir que el autocontrol socrático se obtenía a través del conocimiento intelectual, en tanto que para el aristotelismo se conseguía a través de una vida llevada prudentemente, ejercida a través de los actos prácticos que se sostienen en la relación con los demás. 

Los cambios de la vida política de Grecia trascendieron en el enfoque de su pensamiento ético, pues con el establecimiento de las polis caracterizadas por la participación política de los ciudadanos en el periodo helenístico se crearon nuevas expectativas a partir de las cuales sobresalieron dos escuelas filosóficas: la estoica y la  epicúrea.

La escuela estoica rechazaba el concepto de arethé por considerarlo una excelencia heroica exclusiva de combatientes y guerreros exitosos, por lo que simplificaron las expectativas de la virtud basándose en la creencia de un determinismo que marca diferencias ineludibles entre los seres humanos y los hace vulnerables a escapar de la Týche (deformaciones congénitas o producidas por la guerra). Por tal razón creían que alcanzar la virtud consistía en la adquisición de un estado mental que se pudiera controlar internamente. Cuando la escuela estoica redujo la definición de las virtudes al control que los individuos pueden lograr a través de un estado mental, consideró que era posible darles forma a través de la enseñanza, por lo que los estoicos fundamentaron su expectativa de virtud a partir de la ataraxia, entendida como paciencia y renuncia. Así, “los griegos helenísticos y los romanos que les sucedieron rebajaron sus expectativas y se conformaron con la ataraxia, una felicidad que podían controlar ellos mismos (Leahey, 2005, p. 66). La ataraxia insta a los individuos a cultivar una impasible ausencia de deseo[3] y desprecio hacia el placer y el dolor.

Por su parte, la escuela epicúrea fundamentó sus enseñanzas en el desarrollo de actitudes dirigidas hacia el goce racional que se consigue evitando los sufrimientos. La virtud es concebida a partir de la ejercitación y búsqueda de los medios que conducen a una gran suma de placeres, por lo que a diferencia con los estoicos radica en que el estado anímico deseable consiste en la conservación de la alegría; el punto de coincidencia entre ambas tendencias quizá esté enmarcado en la persistencia para conseguir los bienes de manera individualista, sin considerar las enseñanzas socráticas de leyes generales o las aristotélicas de tomar en cuenta a los otros con quienes se convive como familiares y amigos.

La fusión de ideas de griegos y romanos preservó, en cierta medida, las perspectivas de una vida conducida por un estado mental que se controla internamente. Estas enseñanzas se extendieron hacia la búsqueda de una ética alcanzable para el mayor número de personas, pruebas de ello se encuentran en las escuelas greco-romanas de los cínicos, escépticos y neoplatónicos.

Los cínicos representaron los ideales de la sociedad democrática esclavista. Entendían que la base de la felicidad y de la virtud se encontraba en el desdén hacia las normas sociales y la renuncia a las riquezas, las glorias y todas las satisfacciones de los sentidos. Los escépticos no creían que existieran términos medios para lograr la virtud como apreciaba Aristóteles, por lo que confiaban en la ataraxia, que sostiene la necesidad de distanciarse del ajetreo de la vida renunciando a todo. Consideraban que la felicidad no se logra en este mundo, la vida resulta transitoria y habrá una recompensa en otro lugar indefinible a corto plazo. Por último, los neoplatónicos representan la última expresión del pensamiento grecorromano. Parten de la idea de un universo jerárquico dirigido desde dios hacia lo sensible, donde dicho dios representa el mundo de las ideas y se encuentra en el punto más alto. Esta teoría logra influir particularmente en el cristianismo, que se consolida con gran fuerza durante gran parte de la Edad Media. 

En la Edad Media el pensamiento ético se vio influenciado profundamente por las ideas cristianas que dominaron en Europa a finales del Imperio Romano, pero no desechó del todo algunas ideas que habían asimilado de los griegos. Semejante mestizaje, llevado a cabo en el terreno de la moral vivida tuvo también su correlato en el de la moral pensada, en el ámbito de la ética.  (Martínez, 1998, pp. 10-11). Se puede argumentar que la fuerza que adquirió la iglesia en la Edad Media se debió en parte a que ésta retomó los conceptos filosóficos grecolatinos de una Ética sustentada en el estado mental que se alcanza por las ideas y la concepción neoplatónica de un universo jerárquico donde el dios único es lo sumo verdadero. Esta concepción, al fusionarse con las ideas de la herencia judeocristiana, creó la síntesis del dominio religioso.

El dominio religioso durante la Edad Media se centró en la creencia de una vida feliz hacia el encuentro amoroso con el Dios Padre que Jesús anunció en su evangelio. De ahí que se estableciera: Hay moral porque necesitamos encontrar el camino de regreso a nuestra casa original, la Ciudad de Dios, de la que nos hemos extraviado momentáneamente por ceder a ciertas tentaciones egoístas” (Martínez, 1998, p. 11). En este contexto la virtud es vista a través del conjunto de ideas fundamentadas en la fe que induce el sentimiento de resignación hacia un bien que se espera lograr en una vida futura.

El aporte teórico durante la Edad Media se centra en el concepto de una ética moralizada en torno a los conceptos de fe, esperanza y caridad, a partir de la Ética teológica consolidada en el siglo XII por Tomás de Aquino. Es importante destacar el concepto de moralidad que imperaba en este tiempo, entendido como norma no escrita, que surgía de las costumbres humanas; del latín mor (moris), costumbre, han perdurado algunos de sus rasgos hasta nuestros días.  

Durante el Renacimiento se reconsideró la orientación que debía tener la búsqueda de la vida del ser humano, por lo que a la concepción ética que surgió en esta época se le denominó Ética de la filosofía moderna, la cual, en su lucha contra el pensamiento religioso enfatizaba la conciencia y el pensamiento independiente; En la edad moderna, constituida por el Renacimiento (siglos XVI y XVII), y la Ilustración (siglo XVIII) nos encontramos que hay un cambio de rumbo, el destino histórico de la persona, ya no va a depender de la voluntad divina, sino de la persona misma. El Modernismo descubre en la razón no sólo un principio explicativo de la realidad, sino también transformador (Picardo y Escobar, 2002, p. 32). Esta lucha por la conciencia individual la podemos caracterizar en tres momentos significativos que dan cuenta del desarrollo del pensamiento ético: Humanismo utópico, Empirismo e Ilustración.

Durante el siglo XVI, dentro del Humanismo utópico, destaca la figura de Nicolás Maquiavelo, quien sienta las bases del estado moderno y trasciende la vinculación de la Ética con la Política. El pensamiento ético de Maquiavelo puede ser entendido a través de la siguiente reflexión: los seres humanos buscamos imitar las acciones de otros, por lo que es deseable seguir la trayectoria de quienes han tenido una vida excelsa en virtudes[4], sin embargo si las circunstancias se oponen es válido usar la fuerza con tal de conseguir el éxito en la tarea deseada. “Se concluye entonces que, como la fortuna varía y los hombres se obstinan en proceder de un mismo modo, serán felices mientras vayan de acuerdo con la suerte e infelices cuando estén en desacuerdo con ella. Sin embargo, considero que es preferible ser impetuoso y no cauto” (Maquiavelo, 1999, p. 131). Es decir que algunos sucesos que giran alrededor de la vida son controlables y otros no, por lo que es impropio dejar a la suerte la felicidad individual.  Por tal razón, considera que es preferible ser arrojado y buscarla por medios propios.  

Maquiavelo resalta que la vida está regida por fines. Uno de ellos es la conservación del poder. El camino para lograrlo está rodeado de virtudes y vicios; por tal razón arremete contra la actitud de ser bueno promovida por la iglesia católica, pues de ella sólo deviene el fracaso, debido a que nada garantiza que se ha de alcanzar la meta deseada. Aprecia que la virtud y los vicios están entrelazados en lo que se realiza comúnmente, por lo que es preciso evitar estos últimos en la medida de lo posible ya que lo verdaderamente importante es la conservación del poder. 

Maquiavelo concluye que los hombres son volubles y están ávidos de ganancia, por ello recurren a todos los medios necesarios para conseguir sus fines, de ahí que la filosofía contemporánea ubique el pensamiento de Maquiavelo dentro de la ética de las pasiones humanas.

Dentro de la corriente empirista se destaca la experiencia como fuente del conocimiento. En ella sobresalen filósofos como Francis Bacon, John Locke y David Hume. Hume plantea en su Tratado sobre la naturaleza humana e Investigación sobre los principios de la moral que la razón es un elemento importante en el terreno de la Ética, aunada a las pasiones y los sentimientos. Cabe destacar que Hume sitúa a la justicia como una virtud privilegiada de la cual habría que hacer distinciones claras y certeras ante otras virtudes artificiales.

La Ilustración, conocida como el esplendor del siglo XVIII, se caracterizó por una madurez intelectual prolífera de avances científicos y de ideas revolucionarias donde la razón se imponía a las pasiones y los sentimientos. En el terreno de la Ética sobresale uno de sus mayores representantes de todos los tiempos: Emmanuel Kant.

En el siglo de las luces la Ética arremete contra los fundamentos del pensamiento religioso y paso a paso fortalece una concepción de hombre comprometido con el estudio de la naturaleza humana a través del método que Newton aplicó a la investigación de la naturaleza en general. De ahí que el sentido de la Ética se enfocara en los conceptos de Hombre, Libertad, Naturaleza, Felicidad, Progreso.

Autores como Bello (2002) afirman que la búsqueda de la felicidad está presente en el concepto de la ética laica de la modernidad, pero desplazada de la vida celestial hacia la vida mundana: Si el nuevo concepto, laico, de naturaleza humana constituye la piedra angular sobre la que se alza el edificio de la filosofía moral, la idea de felicidad es inseparable de este fundamento teórico; pero, como observa Ph. Roger, una vez liberado del dogma religioso, incluido el dogma del pecado original, el pensador ilustrado tiene que resolver otros problemas. ¿Cómo salir al paso del espectro egoísta, en la carrera individual de la búsqueda de la felicidad, una vez roto el supuesto premio-castigo en el más allá? (p. 2). Como se puede apreciar, el nuevo problema del hombre del siglo XVIII radica en asumir su propia búsqueda de felicidad, aunque condicionado por el individualismo egoísta que caracterizaba la época.

Kant fue, sin duda, uno de los representantes del proyecto ilustrado que buscaban fundamentar una ética en la razón. Él denominó imperativos categóricos a las reglas que debieran autoimponerse los individuos y la misión de la Ética es “descubrir los rasgos formales que dichos imperativos han de poseer para que percibamos en ellos la forma de la razón y que, por tanto, son normas morales” (Martínez, 1998, pp. 15-16). Kant reflexiona también que una moral tendrá sentido cuando posea tres características: Universalidad, Valor absoluto y Legislación universal.

La trascendencia del pensamiento de Kant hasta nuestros días es evidente, ya que su planteamiento enfatiza el rechazo de prometer en falso, así como una ética del respeto a las personas sin preferencias con la conclusión de que la virtud sólo depende de nosotros, en tanto exista respeto a las leyes morales.  

Por otro lado, durante el periodo ilustrado se desarrollaron ideas que sostenían la trascendencia de las pasiones y el placer en torno a la virtud. De ahí que escritores como Rousseau definieran al hombre virtuoso como aquél que sabe ordenar sus afecciones básicas de compasión para consigo y para con los demás a través del orden que le exigía su conciencia; “Rousseau conjuga el término virtus en el sentido de la modernidad: «No hay felicidad sin fortaleza ni virtud sin lucha: la palabra virtud resulta de la palabra fuerza; la fuerza es la base de toda virtud” (Castellón, 2003, p. 2). Así, Rousseau se opone, en cierta forma, a una ética guiada por las normas[5] por considerar que éstas borran la naturaleza del hombre. 

La época contemporánea se caracteriza por dos fases que acentúan algunas premisas éticas. Estas son la era del lenguaje y el surgimiento de la ética contextual. La ética del lenguaje tiene su origen a principios del siglo XX y se plantea como tarea fundamental la descripción de los conceptos que rodean al lenguaje ético. Autores como Quintero y Ruiz (2003) consideran que este giro ético se encuentra estrechamente relacionado con la psicología, ya que el valor del lenguaje moral se reduce a su poder psicológico. La fuerza moral que tienen los enunciados éticos conduce a que en procesos de formación y en situaciones de toma de decisiones, se logre persuadir al otro para que realice determinada acción y la valore como justa, buena o correcta (p. 6). Se considera que Nietzsche fue uno de los primeros que buscó la genealogía de los conceptos morales a través de un método histórico basado en una crítica a la moral de la época moderna. 

La postura de Nietzsche rehabilita una ética individual, sustentada en la libertad y la justicia. Nietzsche propone la voluntad de poder como principio de interpre­tación del mundo y por ello todas las morales se reducen a voluntad de poder. Desde ella es posible establecer una gradación según el grado de elevación del sentimiento de poder” (Martínez, 1998, p. 27). Algunos otros pensadores coinciden en que esta etapa, surge como una reacción contra el racionalismo de Kant, puede denominarse vitalismo y se centra en la existencia humana y en buscar los hilos conductores de la fuerza de la vitalidad humana.

Nietzsche escribió acerca del intento de formar el carácter a través del orgullo y el estilo. Algunos filósofos coinciden en que la misión del hombre es construir valores propios desde el sujeto, que permitan que todo suceda. El hombre será libre, sin las coacciones universales creadas a través de la historia y sólo cuando destruya los marcos que han consolidado la vieja historia el ser humano podrá caminar por sí solo.

La vertiente analítica del lenguaje ético tuvo su momento más crítico con filósofos como George Edward Moore (1873-1958), considerado el fundador de la filosofía moral en el mundo anglosajón.

El tema de la Ética en Moore consiste en la definición de ésta como una actividad que concierne a la conducta y en lo que es predicado como bueno y malo. Su tesis consiste en afirmar que el predicado bueno ha sido confundido con otros predicados y esto es lo que constituye la falacia naturalista;“Desde Moore, con su conocida falacia naturalista se solía considerar, por los filósofos de la ciencia, en las primeras décadas del siglo XX, que esta debía ser una actividad descriptiva, explicativa y predictiva, y que las teorías debían ser falsables, comprobables, verificables, enfatizando los valores cognitivos o epistémicos en la ciencia, pero en modo alguno se debía preguntar sobre el deber ser del quehacer científico. El mismo Laudan, en su libro Ciencia y Valores, insiste en que los valores y normas que él estudia no son los valores éticos, ni las normas morales, sino los valores cognitivos y las normas o reglas metodológicas” (Prada, 2005, p. 5). La postura analítica de Moore y sus seguidores propició intensas discusiones que aún suscitan polémica en la actualidad, sobre la validez del lenguaje ético.

La influencia de Moore se dejó ver en las posturas éticas que dominaron la segunda mitad del siglo XX, entre las que se encuentra la de Max Weber, quien ajustó su posición filosófica entre la convicción y la responsabilidad. Por otro lado se encuentra Edmund Pincoffs, quien ha defendido una concepción funcionalista de las virtudes, en la que las virtudes verdaderas son aquellas necesarias para vivir bien en cualquiera de varias formas de la vida común.

Por su parte, la ética contextual define su línea de análisis a finales del siglo XX como una búsqueda de la virtud en los seres humanos. Este movimiento filosófico postula el supremo valor de la persona, que debemos distinguir del individuo. El individuo es un ser indivisible que no presenta características propias que lo definan, es uno entre tantos, un ser anónimo; en cambio la persona es un ser con valores, personalidad, espiritual y cualidades propias e intransferibles. La individualidad es mecánica, material e intercambiable, en cambio la persona define al sujeto como un ser integral y pleno (Picardo y Escobar, 2002, p. 56). MacIntyre en su libro Tras la virtud, considera que en la ética sólo cabe la pregunta ¿qué debemos hacer?, cuestión que introduce el problema de saber cuáles son las causas  de lo que es bueno en sí.

La ética contextual se basa en una crítica a la reglamentación universal de leyes o conceptos de difícil acuerdo y en la tesis de que ha demostrado las superficiales y utilitaristas pretensiones de la búsqueda del término universalidad en nuestro tiempo. Considera además que es posible rescatar el bagaje conceptual del contexto cercano que rodea a las personas y sostiene que es posible fundamentar una ética de acuerdo con las virtudes que han sobrevivido a nuestro tiempo. Dentro de esta corriente sobresalen filósofos como Alasdair MacIntyre, Alejandro Vigo y Antonio Parra, entre otros. 

 

 

 

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DOCTOR BILLIVADO DIAS ZABALA

 

Licenciado en Ciencias Sociales. Normal Superior No. 4 de Chalco.

 

Maestro en Procesos Cognitivos de Enseñanza – Aprendizaje. Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey.

 

Doctor en Educación. Centro de Estudios Superiores en Educación.

 

Docente en Formación Cívica y Ética; Humanidades; Calidad Educativa y Creatividad.

 

* Encargado del proyecto de Intervención Educativa:

Transformación de la gestión y del papel docente en la Zona Escolar S-106, a través de la Ética de Virtudes.

 

* Asesor en el Estado de México de la Asignatura de Civismo (1992-1994).

 

* Ponente en Foros Estatales sobre Formación y Desarrollo Profesional (1990-2004).

 

* Coordinador del Programa Escuelas de Calidad (2003-2006).

 

*Reconocimientos como Servidor Público en el Estado de México en los periodos escolares (1991-1992); y (2002-2003).

 

Correo e:  drbillivaldodiasz@hotmail.com

 



[1] La distinción ortográfica en el termino a lo largo de este trabajo se justifica en  la comprensión de éste, por un lado, como disciplina teórica (Ética) y, por otro, como un concepto que engloba el conjunto de principios y normas morales que regulan las actividades humanas (ética).

[2] Se trata de un autocontrol que emerge de la sabiduría y que honra a las máximas griegas «conócete a ti mismo» y «nada en exceso». (Leahey, 2005, p. 35).

 

[3] “Aguantar y renunciar. Sólo así se puede ser feliz en la Tierra” (García Alonso, 2006, p. 163).

[4] Las únicas defensas buenas, seguras y durables son las que dependen de uno mismo y de sus virtudes” (Maquiavelo, 1999, p. 126).

[5] “Las leyes, que siempre se ocupan en las cosas, y casi nunca en las personas, porque su objeto es la paz, no la virtud” (Rousseau, 2000, pp. 8-9).

 

DESCRIPCIÓN DE LAS VIRTUDES EN EL CAMPO DE LA ÉTICA

 

 

 

Históricamente el campo de la ética se ha fortalecido a través de las virtudes, de ahí la importancia de una descripción específica del concepto de virtud, los fundamentos que encauzan las virtudes como bueno, valor y felicidad, así como la importancia de las virtudes desde los filósofos que a nuestro juicio han sido los más abordados dentro del campo de la ética como Aristóteles, Kant y Nietzsche, hasta llegar al pensamiento contemporáneo de Alasdair MacIntyre, quien se ha encargado de fundamentar una ética de virtudes en el personaje, los papeles sociales y las tradición de excelencia.

 

 

       Concepto de virtud

 

De acuerdo con MacIntyre (2002) el vocablo virtud fue traducido de un término utilizado en la época homérica; el sustantivo áper-n es traducido generalmente y quizás en forma engañosa como virtud. Un hombre que cumple la función que le ha sido socialmente asignada tiene áper-n. La áper-n de una función o papel es muy diferente de la de otra. La áper-n de un rey reside en su habilidad para mandar, la de un guerrero en la valentía, la de una esposa en la fidelidad, etcétera. (p. 17). En este sentido el término obedece a funciones o papeles sociales bien definidos que enaltecen la práctica dentro de la sociedad. Ibáñez (2004) concuerda con la apreciación de que la virtud poseía un sentido eminentemente práctico[1] por lo que se puede argumentar que el concepto de virtud exigía la práctica de los papeles sociales que desarrollaban los individuos. 

Aristóteles distingue dos géneros de virtudes[2]: las virtudes morales, que son hábitos de la voluntad, y virtudes contemplativas, que tocan al entendimiento. En tanto que las virtudes morales se alcanzan obrando, las virtudes contemplativas se consiguen aprendiendo. Para Aristóteles, no interesa saber qué es la virtud, lo cual dice, no tiene ninguna utilidad; lo que importa es llegar a ser virtuosos, para lo cual es preciso considerar, en lo que atañe a las acciones, la manera de practicarlas, pues los actos son los señores y la causa de que sean tales o cuales los hábitos (Ibáñez, 2004, p. 2). Así, debe tenerse en cuenta que las virtudes son particulares de cada persona y situación. Asimismo, Kant concuerda en que sólo por medio de la virtud deviene moralmente lo bueno, por lo que las virtudes también pueden ser consideradas como deberes personales que adquiere el individuo y que le permiten encausar su camino hacia el bien.

Nietzsche considera que cada virtud tiene su tiempo[3], por lo que resultaría contraproducente intentar generalizar un concepto dentro de un contexto histórico donde no existan las condiciones que lo sostengan. Al respecto MacIntyre (2004) argumenta que “no es sólo que la lista de las virtudes de Homero difiera de la nuestra; también difiere notablemente de la de Aristóteles. Y por puesto, la de Aristóteles difiere a su vez de la nuestra (p. 227). Por lo menos para ambos filósofos está suficientemente claro que las virtudes que sustenten la ética de cada tiempo deben proceder de nuestras creencias y valores, y de ningún modo de generalizaciones. Díaz (2004) concuerda con la defensa de personalismo de nuestras virtudes, pues según su perspectiva éstas deben ser invención nuestra o en otro sentido sólo resultaría un peligro debido a que lo que no es condición de nuestra vida, la daña.

Si bien la discusión del término virtud se ha diversificado a lo largo del tiempo, entendida ya como arte de influir sobre la gente por medio de la retórica, ya como conocimiento, ya como los actos que permiten desarrollar los papeles sociales hacia la excelencia, MacIntyre (2002) considera, en este sentido, que la virtud es lo que el hombre posee y práctica, es decir es su habilidad, en tal sentido la virtud es una meta que se impone el ser humano, y en tanto se adquiere y se practica es inherente al proceso educativo. Tenemos pues que el término virtud se refiere a una habilidad particular y desarrolla a través de la práctica; así entendida permite el buen cumplimiento de una función socialmente asignada y está relacionada directamente con la búsqueda de metas personales.

          

 

Fundamentos del bien que encauzan las virtudes

 

Los tres fundamentos que encauzan el bien en las virtudes humanas dentro de la ética son lo que entendemos por bueno, valor y felicidad; a decir de Aristóteles el bien es el fin último de nuestras acciones; en este sentido las virtudes se  consideran como tales cuando se conjugan ciertos elementos como buscar el beneficio propio y de los demás (bueno), cuando se busca lo óptimo sustentado en la fortaleza (valor), y cuando buscamos los fines que coinciden en comportarse bien y vivir bien (felicidad). Un aspecto sobresaliente es que la ética de virtudes de MacIntyre, que ha sido apoyada por Vigo, Jongitud y Parra, expone la necesidad de recobrar dichos conceptos que han sido indispensables y lo son aún cuando se busca dar vida a los papeles sociales enfocados en prácticas de excelencia.

 

          Bueno

 

La palabra bueno surge del griego ayaffós (majestuoso, valiente y astuto). Esta asignación exigía un sin número de cualidades al papel de un noble en la época homérica, por tal razón, el hecho de que un hombre se comportara de este modo bastaba para tener el derecho a ser llamado ayaffós.

Aristóteles sostiene, que en la medida en que el ser humano sea bueno puede confiar en sí mismo, tal como confían en él sus amigos, y viceversa, es decir que lo bueno se atribuye tanto a lo que beneficia al ser humano como tal, como a lo que le beneficia en situaciones específicas en el contexto específico de una práctica. Lo realmente trascendente es la orientación que debería tener el concepto de bien en Aristóteles, ya que éste considera que todo conocimiento y toda facultad ejercida por el hombre tienen un fin, y que este fin es el bien. No hay conocimiento ni voluntad que tenga el mal por objeto (Aristóteles, 2000, p. 3). Deberemos, pues, hablar del bien, pero no del bien entendido de una manera absoluta, sino del bien que se aplica especialmente a nosotros en un contexto determinado.

Kant distingue que usualmente utilizamos el término para designar a las cosas de acuerdo con nuestro agrado y desagrado,  por consiguiente, el bien o mal se refiere propia­mente a acciones, no al estado de sensación de la persona; y si algo quisiera calificarse de absolutamente bueno o malo (y en todo aspecto y sin otra condición) o ser tenido por tal, sólo el mo­do de la acción, la máxima de la voluntad y, en consecuencia, la misma persona que obra, podría calificarse de buena o mala, pe­ro no una cosa (Kant, 2003, p. 54). De esta reflexión, Kant sugiere la necesidad de desarrollar disposiciones para el bien[4], por lo que los seres humanos debemos educarnos en la búsqueda del bien y cuando el contexto es adverso sacar la moralidad que poseemos. Debemos entender los sucesos desfavorables como una ocasión para enaltecernos y ser mejores, pero asumiéndonos carentes de bondad o maldad en sí.  

Nietzsche, considera que el término bueno rescatable es el utilizado por los presocráticos de la época homérica ya que éste destacaba la fuerza, la vitalidad y el orgullo que afirmaba la voluntad de poder en los individuos y define la cualidad de bueno en el individuo de la siguiente manera: “se llama bueno al hombre dulce, conciliador, pero también al hombre bravo, inflexible, severo. Se llama bueno al que no ejerce ninguna coacción sobre sí mismo, pero también al héroe del dominio de sí mismo. Se llama bueno al amigo absoluto de la verdad, pero también al hombre lleno de piedad que transfigura las cosas” (Nietzsche, 2003a, pp. 94-95). De acuerdo con San Baldomero (2000), Nietzsche muestra cómo el significado originario de bueno como noble, distinguido y poderoso se ha perdido para significar lo hecho por voluntades débiles y reactivas debido, en gran parte, a los intentos de generalizar el sentido del término ante un gran número de personas.

MacIntyre coincide con Aristóteles en que lo bueno se adquiere en el aprendizaje de lo que significa bueno para los demás y para uno mismo. En este contexto sería semejante al tipo de actitud que caracteriza la definición de las virtudes por la búsqueda del bien común, en tanto que es un bien como meta o fin[5] de los seres humanos. De ahí que la expresión bueno haya acumulado a través del tiempo ciertos significados que nos hacen entenderla como la majestuosidad, inflexibilidad, valentía, astucia, así como la cualidad de esperar actos anticipados de los individuos.

Ser bueno en el contexto actual implica confiar en uno mismo y en las personas que nos rodean, por lo que la búsqueda está ligada a los fines que comprometen a los individuos. La actitud de ser bueno es un hábito que se adquiere con el aprendizaje; la acción recae en el individuo, pero sólo tiene sentido en tanto se toma en cuenta a los demás.

 

 

Valor

 

De acuerdo con García Alonso (2006) el término valor, (axios) en griego, significa digno y se ha traducido frecuentemente como notoriedad o jerarquía. Así, el término valor hace referencia a un adjetivo calificativo comparativo de superioridad y, acaso, superlativo. No se refiere escuetamente a lo bueno, sino a lo mejor. Y -si cabe- a lo óptimo (p. 110), es decir que lo valioso se entiende comúnmente como lo mejor entre lo bueno.

Aristóteles considera que el verdadero valor se manifiesta sólo cuando recae sobre cosas de las que al hombre le es lícito tener miedo y audacia, y entiendo por tales las cosas que la mayor parte o todos los hombres temen. El que permanece firme en tales situaciones es un hombre de valor. (Aristóteles, 2000, p. 20). De tal modo el valor es sinónimo de la fortaleza considerada en la propia naturaleza del ser humano.

Para Nietzsche la palabra hombre en alemán designa al mensch o manas como el ser que mide valores; “al hablar del valor de la vida hablamos bajo la inspiración y al través de la óptica de la vida. La vida misma nos obliga a determinar valores, la vida misma evoluciona por mediación nuestra cuando determinamos esos valores” (Nietzsche, 2002a, p. 43), por lo que sólo es aceptable que el ser humano se determine a sí mismo las valoraciones inspiradas en su voluntad de poder.

De acuerdo con Abarca (2003) el valor es aquello que hace posible que las personas puedan ser capaces de superar todos, o parte, de los miedos que le atenazan (p. 2), de ahí que la superación de los temores traiga como consecuencia al ser humano un conocimiento de sí mismo que se ha denominado valor ético. Este valor se considera como tal en tanto permite a los seres humanos perseguir fines determinados por virtudes con relación a los demás.

García Alonso, ha identificado en la actualidad una inclinación por comparar los valores con las virtudes. En tanto que los actos valiosos representan la conducta intermitente o aisladamente valiosa del hombre, los hábitos confieren a esa conducta el carácter de permanente. Además, el hábito bueno, la virtud, constituye una especie de "segunda naturaleza", de "inclinación natural" (podría decirse lo mismo: de "apetito natural") que facilita, perfecciona y hace agradables los actos virtuosos (García Alonso, 2006, p. 114). Se llega a entender entonces que la virtud es preferible a la simple acción buena, ya que de acuerdo con Aristóteles la virtud no es sólo un bien sino un bien que raya en lo óptimo.

Al referirnos al término valor en general encontramos que se ha definido como dignidad, jerarquía, notoriedad o superioridad. Cuando se le atribuye a la persona es un adjetivo comparativo que tiende a indicar una superioridad adquirida cuando se han realizado actividades lícitas que permiten superar el miedo. Valorar es una cualidad de los seres humanos que sólo puede ser vista a través de la óptica de la vida como un medio que nos inspira a valorar. Se cree que solo por la razón es posible regular las actitudes que realizamos como metas de autorrealización.

 

 

Felicidad

 

Aristóteles llama eudaimonía a la felicidad, y la entiende como los sucesos óptimos para los seres humanos. De ahí que la felicidad tenga que ser algo completo, encauzado hacia un fin o thélos, o un final-théleion. De acuerdo con MacIntyre (2002), Aristóteles pretendía incorporar a la ética la concepción de una suma felicidad: el próximo paso de Aristóteles consiste en dar un nombre a su posible bien supremo: «Isaioría, denominación que se traduce inevitablemente, aunque mal, por felicidad. Se traduce mal porque incluye tanto la noción de comportarse bien como la de vivir bien (p. 66). Se infiere entonces que la felicidad tiene sentido cuando se obra bien y es posible buscarla en seres perfectamente constituidos en la madurez, la libertad y la salud que se permiten obrar de manera deliberada y consciente.

Para Kant, felicidad “es el estado de un ente racional en el mundo, a quien todo le va según su deseo y voluntad en el conjunto de su exis­tencia, y, por consiguiente, se funda en la coincidencia de la na­turaleza con toda la finalidad de este ente, y asimismo con el mo­tivo determinante esencial de su voluntad (Kant, 2003, p. 109). Por tanto, la felicidad se gana con acciones encaminadas al deber, de ahí que posea sentido cuando se parte de consejos empíricos que fomentan el bienestar, por ejemplo de ahorro, de cortesía, de dieta, etcétera. De acuerdo con Andreoli, Kant se identifica con el principio de la felicidad ajena: el fin de la felicidad propia es un fin permisible no obligatorio, y es lo que de hecho buscamos. En cambio, si se trata de un compromiso con la felicidad ajena estamos ante un deber, esto es una forma de coacción de la voluntad, contraria al impulso natural de ocuparse sólo de los propios asuntos. Este deber nos impone adoptar como propios fines ajenos permisibles, cuya satisfacción continua y asegurada, no perturbada por la inseguridad, es lo que llamamos felicidad (Andreoli, 2004, p. 2). Por tal motivo, la felicidad tiene sentido cuando se aplica el principio de generalización para el mayor número de personas.

Para Nietzsche, la felicidad y los instintos son idénticos cuando el ser humano dirige su voluntad de vivir, pues la felicidad consiste en la conciencia del poderío que se asimila tras conseguir la victoria y hace a los individuos dominantes. “Nadie, por muy complaciente que sea, admitirá que una doctrina sea verdadera por el simple motivo de que nos haga felices y virtuosos, exceptuados tal vez los amables idealistas, entusiastas de lo bueno, lo verdadero y lo bello, que creen estar circundados de toda clase de cosas que, aun abigarradas, son tan rústicas como apacibles” (Nietzsche, 2003d, pp. 49-50). En este sentido Nietzsche se opone a una felicidad que sujete la voluntad de los individuos aunque detrás de ella se encuentren acciones definidas bajo el nombre de virtudes. Su argumento adquiere fuerza cuando asegura que para consolidar un espíritu vigoroso son más favorables la dureza y la astucia que el fino arte de aceptar la facilidad y comodidad.

En la actualidad Gómez-Lobo (1998) considera que el término felicidad en castellano suele evocar un estado emocional transitorio: me siento feliz en este momento y en este sentido resulta ser una traducción inadecuada de la palabra griega. Ésta apunta no a lo que uno siente sino más bien al estado en que uno se encuentra durante un período prolongado de tiempo. (p. 305). Parte de esta confusión conceptual ha desembocado en exposiciones teóricas como el emotivismo que se hacen creíbles y trascienden en la vida cotidiana.

Estas precisiones conceptuales han depurado planteamientos suficientemente sólidos como el de Ibáñez (2004) quien plantea que considerar la cuestión de la felicidad humana comporta plantearse cuestiones sobre el fin de la propia vida y tratar de indagar el origen y el destino de la persona y penetrar en profundidad en lo que bien se llama el ser del hombre, la naturaleza humana (p. 1). En este sentido la felicidad consiste en un logro personal[6] sobre la estimación a través de acciones que deben cultivarse, de ahí que poseer la disposición hacia la virtud requiera tener un comportamiento encaminado hacia el bien y por ende hacia la obtención de la felicidad como meta principal.

El término felicidad quizá sea el que más disidencia provoque en la explicación de la virtud, ya que ha sido considerado como una serie de sucesos, un estado racional o como el instinto dirigido hacia la voluntad de vivir. El fin que debe seguir la felicidad se encauza hacia la vida buena, los deseos, la voluntad, el poderío o la victoria y se aplica sólo a los seres bien constituidos en madurez, salud y libertad. En este sentido es un fin cuando se busca la autoperfección y/o la felicidad ajena. Algunos consideran que se gana con acciones encauzadas hacia el deber, en tanto que otros creen que es un derecho natural del ser humano.

 

 

 

 

 

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DOCTOR BILLIVADO DIAS ZABALA

 

Licenciado en Ciencias Sociales. Normal Superior No. 4 de Chalco.

 

Maestro en Procesos Cognitivos de Enseñanza – Aprendizaje. Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey.

 

Doctor en Educación. Centro de Estudios Superiores en Educación.

 

Docente en Formación Cívica y Ética; Humanidades; Calidad Educativa y Creatividad.

 

* Encargado del proyecto de Intervención Educativa:

Transformación de la gestión y del papel docente en la Zona Escolar S-106, a través de la Ética de Virtudes.

 

* Asesor en el Estado de México de la Asignatura de Civismo (1992-1994).

 

* Ponente en Foros Estatales sobre Formación y Desarrollo Profesional (1990-2004).

 

* Coordinador del Programa Escuelas de Calidad (2003-2006).

 

*Reconocimientos como Servidor Público en el Estado de México en los periodos escolares (1991-1992); y (2002-2003).

 

Correo e:  drbillivaldodiasz@hotmail.com

 



[1] “Desde Sócrates, pasando luego por la Academia de Platón, por Aristóteles, los Estoicos, los Epicúreos, los Escépticos y los Eclécticos, cuyo mejor exponente fue Marco Tulio Cicerón, y extendiendo el pensamiento clásico hasta Santo Tomás, quien retomó-, todo el valor de la virtud en la acción” (Ibáñez, 2004, p. 1).

 

[2] También llamadas: virtudes éticas y las dianoéticas, las virtudes éticas son las del carácter, mientras que las virtudes dianoéticas son las del intelecto. (Vigo, 1999, p. 41-42).

 

[3]Al que ahora es inflexible, su honradez le origina frecuentes remordimientos, pues la inflexibilidad es una virtud de otra época que la honradez” (Nietzsche, 1994, p. 177).

[4] “La pregunta por el bien es más amplia que la pregunta por el deber, pues no puedo saber qué debo hacer si no sé qué es el bien. A su vez, los bienes son tales cuanto tienen un valor encarnado” (Buela, 2006, p. 1).

 

[5] “El verdadero fin de la virtud es el bien, y la virtud aspira más a este fin que a las cosas que lo deben producir mediante a que estas cosas mismas forman parte de la virtud.” (Aristóteles, 2000, p. 20).

[6] “La felicidad es, por tanto, el fin último subjetivo del hombre. La felicidad es la posesión perfecta e interminable del bien absoluto” (García Alonso, 2006, p. 109).

 

APROXIMACIÓN ACTUAL DE LA ETICA

Aproximación actual de la Ética

 

Identificar la tendencia actual de la Ética es un asunto complicado, ya que requiere dimensionar su origen, su esencia, el significado y expresiones comunes, el sentido que la guía y las prioridades que persiguen los seres humanos. En este apartado se intentará dar cuenta de algunas generalidades que nos permitan tener un breve acercamiento a la tendencia que conforma la ética actual.

Debido a su origen, se distingue el carácter autónomo y heterónomo de la ética. El carácter autónomo centra la libertad en el individuo sin coacción de norma o fuerza social mientras que el carácter heterónomo admite la necesidad de que la acción moral que ocurre entre los individuos radique dentro de la sociedad. Algunas tendencias conciliadoras ven la necesidad de la autonomía moral pero aceptan el fundamento efectivo de las normas morales, ya que el origen del acto puede depender o no del razonamiento que se tenga de las leyes. Así, entre los enfoques que discuten la razón entre sí, se encuentran los aprioricistas-empiristas y los voluntaristas-intelectualistas, los cuales aportan una visión de algunos valores legítimos a través de la historia.

Debido al problema de la esencia tenemos la disyuntiva entre una ética formal y una ética material. La ética formal representada por Kant y sustentada en los principios éticos superiores denominados imperativos se centra en una ética autónoma que expresa un rigorismo ante las nociones del deber, las intenciones, la buena voluntad y la moralidad interna. La ética material o ética de los bienes está fundada en la consecución de la felicidad que comienza en los fines mismos de los individuos. Esta ética ha tenido diferentes presentaciones entre las que se encuentran la ética utilitaria, el perfeccionismo, el evolucionismo, el individualismo, entre otras. Es preciso dar cuenta que, aunque tanto la ética formal como la material poseen rasgos distintivos, ninguna de ellas aparece en toda su pureza.

En cuanto al problema del lenguaje, en la Ética se han presentado varias teorías que se han ocupado del significado y de las expresiones más comunes. Por lo menos pueden distinguirse seis tendencias: el análisis de los términos deseado y deseable de J. Dewey; la distinción de un lenguaje ético científico y emotivo de Odgen y Richards; el análisis de los juicios valorativos y juicios metafísicos de Ayer, Carnap; los juicios indicativos y juicios prescriptivos de Stevenson; el análisis de la ética normativa con pretensiones de ciencia natural de Perry; y el análisis de los términos éticos y axiológicos dentro del prescriptivismo de Hare. En general, se ha llegado a creer que existe un lenguaje propio de la Ética con naturaleza prescriptiva que se expresa mediante juicios de valor y que no es posible un estudio de la Ética sin un estudio previo de su lenguaje.

La ética, que ha sido vista como la manera de llevar una buena vida según las circunstancias, también se ha considerado como el conjunto de fundamentos racionales que modelan las costumbres. Ya sea como guía del carácter o del razonamiento, ha resultado una orientación indispensable para los seres humanos a través del tiempo.  Fernando Savater la considera una convicción que nos hace ver que no todo vale por igual y que hay razones para preferir un tipo de actuación a otro. Acorde con esta perspectiva Duplá (2001) establece que la tradición filosófica occidental enseña que el hombre está hecho para el bien; sólo que él no sabe de entrada en qué consiste ese bien ni cómo buscarlo. La ética filosófica es precisamente el saber que intenta despejar esta incógnita. Y puesto que la reflexión ética nace de una inquietud profundamente sentida, la filosofía no es un lujo, sino una necesidad estricta. Lo cual quiere decir que la filosofía forma parte de ese bien que la ética, como teoría de la vida buena, se afana por encontrar (p. 5). Por tal razón, identificar las circunstancias o fundamentos que guían el proceder de los seres humanos es un factor indispensable para conocer la tendencia de la ética actual.

Algunos filósofos como Rodríguez (1998) consideran importante subrayar la búsqueda en los actos humanos, ya que estos son los actos concientes, originados por las facultades específicas como la inteligencia y la voluntad. En este sentido, los actos humanos poseen un fin, intención o razón por el que se llevan a cabo, por tal motivo se consideran el objeto material de la Ética, de ahí que sea importante distinguir entre una vida enfocada hacia a la persecución de fines específicos de otra carente de ello.

Tomando en cuenta las prioridades que persiguen los seres humanos, la Ética puede seguir varios caminos. Así, tenemos los fines enfocados hacia el placer cuando se trata de elegir con base en la autenticidad, satisfaciendo las necesidades vitales; cuando se actúa por la presión social de un compromiso adquirido que se debe cumplir; el criterio legal, que consiste en dirigir la conducta por medio de normas y leyes establecidas de manera escrita; el criterio axiológico, que se basa en el seguimiento de los valores internamente percibidos y apreciados como tales y al que se le suele denominar actuar por convencimiento, entre otros. Identificar la generalidad del criterio a través del cual se rige la conducta humana nos sirve para considerar la tendencia hacia donde se orienta la Ética.

En la primera década del siglo XXI no existe suficiente claridad sobre las cualidades específicas de la ética que moldean el carácter de los individuos, no sólo por la falta de una tendencia dominante que nos indique el enfoque existente, lo cual puede ser interpretado como un síntoma de apertura hacia las ideas diversas, sino que también se puede apreciar cierto desorden conceptual en el momento de distinguir una tendencia de otra. Este desorden progresivo ha influido en las prácticas individuales y sociales dentro de las instituciones, donde el punto de discusión se encuentra en el carácter cognoscitivo de la Ética.

De ahí que uno de los valores de la Ética contemporánea radique en el uso de la inteligencia. Al respecto algunos escritores que siguen estos planteamientos se muestran optimistas al considerar que “filósofos, teólogos, científicos, industriales y estadistas, pequeñas ONGS y comisiones de organismos internacionales trabajan en la construcción de consensos cada vez más amplios que habrán de conducir a un saber de orientación del que se desprendan normas, valores e ideales obligatorios para todos.  (Morales, 2001, p. 3). Bajo el ideal de una ética universalista, se proyecta una conciencia moral relacionada con la especialización, la velocidad de los cambios derivados de la ciencia aplicada, las relaciones familiares y otros hábitos, dando origen a códigos de conducta diferentes a los que son aceptados hoy en día.

Aunque las pretensiones de una ética de carácter universal a través de valores y reglamentos genéricos siguen vigentes, autores como Morales (2001) consideran que el ideal universalista[1] es un asunto utópico, ya que a más de sesenta años de su implementación, lejos de observarse resultados deseables, se identifica una confusión conceptual que ha fragmentado su perspectiva general. En este sentido sociólogos como Lash y Bellah han identificado en la actualidad una tendencia enfocada hacia la individualidad narcisista influenciada por el orden económico. Pérez (2002) la denomina el ideal de la autenticidad: la autenticidad justifica cualquier comportamiento sólo a condición que nazca de los más profundos sentimientos del individuo. Todo lo que haga o pueda hacer el individuo será bueno si viene realizado de forma espontánea (p. 3). La conquista de la autonomía se ubica en la ética denominada de la autenticidad y a decir de los autores mencionados es una tendencia actual del ser humano.

Estudios recientes dan cuenta de la tendencia individualista y, como consecuencia de ello, de una fragmentación en el trabajo conjunto dentro de las instituciones. Arland (2003) sostiene que, en América Latina, “la gran distancia que existe entre el sistema mítico y los códigos prácticos quedó plasmada cuando, en 1523, Hernán Cortés alzó sobre su cabeza (como signo de sumisión a la Corona) la Real Cédula y sentenció: se acata pero no se cumple. Así la organización basada en el poder y el interés individual antes que en las reglas y el bien público se extendió a lo largo de los siglos dando origen a la corrupción como práctica política habitual” (p. 2). Arland deja claro que los sistemas normativos sobre los que se sustenta la Ética contemporánea han tenido un nulo impacto, por lo que se definen como normas míticas, y son los códigos prácticos los que funcionan de manera real en las instituciones, teniendo como línea una ética utilitarista y del beneficio personal. 

De acuerdo con MacIntyre, es común que en la vida de las instituciones abunden actitudes de simulacro que se concentran en torno a grupos de personas que en su ejercicio requieren jerarquía de poder, dinero y otros bienes materiales que provocan típicamente una competencia en la que destacan ganadores y perdedores y que la rapidez con la que transcurren los acontecimientos en la vida cotidiana limita la capacidad de dimensionar los trastornos de algunas actitudes centradas en el egoísmo, el individualismo y el bien centrado en la utilidad personal.

La tendencia actual de la ética no resulta del todo alentadora, ya que nos encontramos justo en uno de los momentos más bajos de la calidad de ésta si la comparamos con otros tiempos de la humanidad, producto de una inconsecuente relación entre el proyecto universalista de la ética, el apreciable desdén de las instituciones por comprometerse a normar las reglas que sustentan la universalidad, y la tendiente competitividad que ha fomentado la individualidad de los proyectos humanos, razón por la cual se han creado códigos prácticos, que, en beneficio de una ética cada vez más utilitarista y egocéntrica, han minimizado el carácter que orienta a la ética hacia los fines que debieran buscar los seres humanos.

Ante tal panorama nada alentador se vislumbra una tendencia floreciente en la Internet, donde los escritos que se refieren a la ética de virtudes se incrementan notablemente en el campo educativo, en el legislativo y en general en el contexto institucional. El enfoque de la ética contextual se ha consolidado en los últimos años. Se fundamenta en la práctica de las virtudes y pondera la necesidad de rescatar las tradiciones exitosas que hicieron posible mejorar los papeles sociales de sus personajes. La ética contextual reclama una comprensión de las tradiciones concretas, desde lo particular, en las comunidades. Los filósofos de la ética contextual sostienen además la importancia de que tiene la virtud del desempeño de las tareas de acuerdo con el papel social que requiere. MacIntyre considera que las razones, propósitos e intenciones hacen referencia a las creencias de las personas, por lo que ninguna ética auténtica podría eliminar dichas expresiones. En este sentido la Ética Aristotélica soporta estos conceptos, por lo que cualquier intento de mecanizar las prácticas sociales entra en conflicto con el aristotelismo.    

 

 

 

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[1] Desafortunadamente constatamos que el ideal de que el mundo se rija por principios morales comúnmente aceptados es aún utópico Es discutible hasta dónde los seres humanos hemos avanzado en elaborar teóricamente una ética universal, compatible con la pluralidad de concepciones del hombre y credos religiosos que coexisten hoy en el planeta; mucho más discutible hasta donde esa ética tiene validez práctica y norma eficazmente las relaciones internacionales (Morales, 2001, p. 1).

 

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